isiones siempre fue un mundo aparte. Una provincia con sus propias reglas, su propio tiempo político y, durante más de veinte años, un solo conductor: Carlos Rovira. No importaba quién firmara los decretos ni quién ocupara la Casa de Gobierno -conocida como «La Rosadita»-. El poder real tenía nombre y apellido, y operaba desde las sombras con la naturalidad de quien nunca necesitó el cargo para mandar. Eso pareciera haberse terminado.
Para entender la situación de la vecina provincia, es necesario recordar que Rovira cofundó -en 2003-, junto al propio Passalacqua, el Frente Renovador de la Concordia. Durante años, ese sello fue el vehículo de una hegemonía sin fisuras: ganaban elecciones, controlaban municipios, definían candidatos.
Rovira gobernó la provincia, luego cedió la Gobernación a sus delfines y siguió siendo el mandamás indiscutible desde la Legislatura, donde hoy ocupa una banca que, en los papeles, lo convierte en un legislador más. Sólo en los papeles.
Hasta el 10 de diciembre pasado, esa arquitectura de poder funcionó. Passalacqua era gobernador, sí, pero el verdadero poder seguía respondiendo al «Conductor» -como lo llaman sus acólitos- con la misma fidelidad de siempre.
Entonces algo se rompió.
LA REBELIÓN
Lo que está ocurriendo en Misiones no es una disputa menor ni una pelea de egos que se resolverá con un almuerzo de reconciliación. Es una ruptura estructural. Passalacqua decidió que el doble comando se acababa, y lo está demostrando con hechos.
El más reciente llegó este jueves. Mientras todas las miradas apuntaban a la Legislatura -donde Rovira suele celebrar sus famosas «previas» antes de cada sesión, esos cónclaves de los que en las últimas semanas surgieron las principales novedades del conflicto-, la detonación sonó en otro lado.
A las 14.30, el Gobernador publicó en su cuenta de X el anuncio de una reestructuración de Gabinete. Instruyó al Ministerio de Hacienda a avanzar en la reorganización de ministerios y áreas de gobierno de cara al Presupuesto 2027. «Tenemos la responsabilidad de consolidar un Estado cada vez más cercano, austero y eficiente», escribió. El mensaje oficial sonó razonable. El mensaje político fue otra cosa. Porque los funcionarios en la mira tienen algo en común: todos responden a Rovira.
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